En comunicación estratégica existe una máxima que repetimos hasta el cansancio: el lenguaje crea realidades. No es una frase bonita para un afiche; es una advertencia técnica. Cuando el discurso público abandona el intercambio de significados —la base de la comunicación humana— y abraza la lógica de la anulación del otro, esa violencia verbal tarde o temprano salta de la pantalla a la vereda.
Hoy, Chile enfrenta un nuevo ciclo político tras la victoria de una ultraderecha semi disfrazada, pero la preocupación central no debería ser solo quién administrará el Estado, sino cómo estamos administrando nuestra convivencia. Las señales de alerta saltaron de los feeds de redes sociales al espacio físico y público.
De la “funa” digital al golpe real
Recientemente hemos visto dos caras de la misma moneda. Por un lado, el artista Dani Ride fue escupido en la cara en pleno centro de Santiago, un acto de desprecio absoluto que busca “cancelar” físicamente la existencia de quien se ve o piensa distinto. Por otro lado, el diputado republicano José Carlos Meza, fue agredido en un mall, increpado con la violencia de quien ve en él a un enemigo moral, no a un adversario político.
En ambos casos, el agresor no vio a un ser humano; vio a una etiqueta. Vio un “hashtag” con piernas al que se sintió con el permiso de agredir. Esta es la consecuencia directa de una cultura digital que nos entrena para reaccionar, no para reflexionar. El algoritmo de la polarización ha bajado a la calle.
En este escenario volátil, la incertidumbre sobre el tono del próximo gobierno agrega una capa de complejidad. ¿Será uno moderado, que entienda que para administrar el país necesita bajar la temperatura, respetar lo construído y validar la diversidad? ¿O harán sentir esa agenda valórica que, por ejemplo, considera que 31 Minutos es propaganda ideológica?
Mientras esa definición no llegue, el vacío comunicacional está siendo llenado por la ansiedad y la hostilidad de los extremos, siendo tierra fértil para que aparezcan más personas violentas y violentadas por pensar, vestir o actuar de una manera diferente.
El rol del sector cultural: Construir “Refugios de Empatía”
Aquí es donde los artistas, gestores y productores culturales tenemos una responsabilidad histórica. Si la política se está convirtiendo en una trinchera, la cultura debe convertirse en el puente.
No podemos combatir el fuego con más fuego. Si el sector cultural responde al avance de la ultraderecha con la misma lógica de “cancelación” y trinchera, solo estaremos validando la narrativa de guerra que ellos proponen a través de programas como Sin Filtro, donde dan tribuna libre a la violencia.
Nuestro rol estratégico como gestores, artistas y comunicadores del sector cultural, no es ser la contraparte armada ideológicamente, sino ser los arquitectos del reencuentro. Como Bob Marley, que juntó a los líderes políticos de Jamaica sobre el escenario del One Love Peace Concert en plena guerra civil de 1978.
Necesitamos proteger los que hay y crear nuevos “Refugios de Empatía”. Espacios donde la lógica transaccional y violenta de las redes sociales quede suspendida.
- Validar lo local: Iniciativas como Malleco es Cultura en La Araucanía, la Plataforma Comunidad Creativa Los Ríos, o el importante trabajo que hacen las radios comunitarias demuestran que cuando el relato se centra en el barrio y los problemas comunes de un territorio, las etiquetas ideológicas pesan menos.
- Recuperar el rito: Eventos como el Festival Santiago Off, LambeSur, Gira Pueblos, no son solo espectáculos, son ejercicios de convivencia. Asimismo, espacios gubernamentales como los Cecrea, presentes en 14 regiones del país; conservatorios privados como el COMBAS de Puerto Varas; o la reciente inaugurada Casa OM en Providencia, perteneciente a una marca de cerveza artesanal, son espacios que promueven el compartir a través del arte y la creatividad.
- Fomentar la escucha y los nuevos formatos: Proyectos como Yo te lo leo o las mesas de Café Territorio nos enseñan que el acto de escuchar una historia o sentarse a una mesa multisectorial obliga a reconocer la humanidad del otro.
Y es que para romper con la deshumanización debemos lograr que dos personas que votan distinto se emocionen con la misma obra, participen en el mismo taller o puedan sentarse a compartir en un espacio eminentemente creativo.
El desafío final
Debemos recordar siempre que la cultura es la suma de conocimientos y comportamientos que tenemos en común, o sea nuestra política también es cultural; independientemente de la ideología. Entonces, si permitimos que el miedo y el odio dicten la pauta en nuestra conversación cotidiana, nuestra cultura común pasará a ser la de bandos irreconciliables.
La tarea es titánica: debemos “des-virtualizar” al otro. Debemos usar nuestro arte no para predicar a los conversos, sino para desarmar a los que vienen con el puño cerrado (o el escupo listo). La seguridad pública a largo plazo no depende solo de carabineros; depende de que seamos capaces de mirarnos a los ojos nuevamente sin ver a un enemigo.


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