Las urnas hablaron, la brújula se movió a la derecha, el mapa político del país cambió y el lunes todos nos levantamos igual para ir a trabajar. Pero más allá de los análisis electorales, para quienes trabajamos con el arte y la cultura, la preocupación con este cambio de gobierno no es sólo ideológica, también es técnica, porque estamos al inicio de una batalla cultural, pero también de una gran oportunidad.
Al revisar con lupa las bases programáticas del gobierno entrante, las cuales ya sabemos que dicen poco, nos encontramos con datos que hielan la sangre: el texto no hace mención alguna al patrimonio, a los artistas, al arte ni a las industrias culturales. La palabra “cultura” aparece apenas 11 veces en todo el documento, versus seguridad, que se repite en 32 ocasiones. Pero lo realmente inquietante de eso es el contexto en que lo hace.
En ninguna de esas escasas menciones se habla de fomento a la creación, de derechos culturales, de fortalecer el ecosistema artístico, de derechos para los trabajadores de la cultura. Por el contrario, el concepto aparece vinculado a “infraestructura” (cemento), a “prevención del delito” (seguridad) o, peor aún, se utiliza para diagnosticar una “transformación cultural de izquierda” que, según el texto, ha dañado la autoridad y el orden.
Estamos ante una forma distinta de entender la cultura desde el Ejecutivo: para ellos no somos un motor de desarrollo crítico e identitario, sino una herramienta accesoria, subordinada a objetivos de seguridad pública o entretención y cuya supervivencia está a merced del mercado.
Esta visión instrumental genera una incertidumbre profunda para los próximos cuatro años. Si la cultura es vista como un vehículo de la “transformación” que se quiere combatir, el riesgo de un desfinanciamiento selectivo o de una burocratización ideológica es real. No sería extraño que a poco andar se abra un debate sobre el Museo de la Memoria.
El silencio programático sobre propuestas concretas para el sector nos deja en un terreno inestable. No hay promesas, pero sí hay ideología, sí hay una agenda valórica y una narrativa histórica de la que no hablaron, pero que todos conocen. Ahora comenzaremos a ver cómo la intentan posicionar.
Ante este escenario de incertidumbre, la respuesta de quienes trabajamos en arte y cultura no puede ser el “sálvese quien pueda”. La salida no es solo individual; es gremial, colectiva y afectiva, porque el desafío ahora es una batalla cultural para la supervivencia del arte y de todas las narrativas emergentes que se han ido construyendo al margen del mainstream, pero que han dado vida e identidad a diferentes comunidades.
La invitación hoy es a fortalecer el tejido que nos une. Es el momento de activar las redes, de participar en los gremios, de compartir información y de generar circuitos de colaboración que puedan funcionar al margen de los canales oficiales y nos permitan mantener viva la cultura frente a la homogeneización que nos van a empezar a proponer. O sea, estamos frente a una oportunidad para ampliar nuestras comunidades desde la autogestión usando un relato con sentido.
Acá es donde nuestra capacidad de permanecer juntos, de apoyarnos entre nosotros servirá para defender el valor de la creación artística y del trabajo cultural comunitario más allá de su utilidad para el “orden público”. Si nos organizamos para hacer fuerza en conjunto, podemos salir fortalecidos de esta experiencia. Y las herramientas están al alcance de la mano.


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