Hoy leí una reflexión de La Inversa que me quedó resonando fuerte. Decían algo muy cierto: el sistema del arte se volvió una pirámide lenta y excluyente donde nos acostumbramos a esperar a ser “elegidos”, “seleccionados”, “ganadores de”. Los colegas españoles plantean que la naturaleza no compite, sino que coopera, y lo hacen recordando que el verdadero Renacimiento no nació en los museos, sino en las comunidades que apoyaban a sus artistas.
Me hizo mucho sentido, sobre todo por el trabajo estratégico, de contenidos y capacitación que hemos desarrollado en Los Ríos durante los últimos años con iniciativas gubernamentales como Comunidad Creativa Los Ríos, Red Aliwen y los Puntos de Cultura Comunitaria.
Por eso mismo, quiero ir un paso más allá y complementar la reflexión desde mi vereda, con la experiencia acumulada asesorando y acompañando a músicos, artistas escénicos, funcionarios públicos, técnicos, empresarios y gestores culturales en el desarrollo de sus iniciativas.
Sí, la autogestión es la respuesta, de eso no hay duda. Pero hoy tenemos una ventaja que ni Da Vinci tuvo: el megáfono más grande de la historia está en nuestro bolsillo. Organizarse nunca estuvo tan al alcance de la mano.
La trampa de la validación externa
Llevo años viendo a artistas increíbles paralizados por el síndrome de la “sala de espera”. Están esperando que un sello los firme, adjudicarse un fondo público, que un medio grande les haga una nota, ser seleccionados para algún festival popular, pues consideran que esa es la única forma de validarse.
Esa espera es una trampa mortal. Es eco de un sistema viejo que nos enseñó a pedir permiso, a que el arte y el trabajo creativo es parcela exclusiva de unos pocos elegidos por su talento, desconociendo el trabajo y empeño detrás de la construcción de un proyecto o una carrera artística, de la gente que conecta con una obra y se la apropia, porque se identifica con ella.
Lo que he aprendido en la cancha —con proyectos como Gira Pueblos o viendo crecer festivales desde cero— es que el lenguaje crea realidades. Si tú te plantas frente al mundo y cuentas tu historia con convicción, esa realidad empieza a existir. No necesitas que un crítico te ponga el timbre de aprobación; necesitas que tu comunidad te crea.

Tu comunidad es tu verdadero mecenas
En Merca siempre hablamos de cómo internet evolucionó -y lo sigue haciendo de forma vertiginosa- la forma en que nos comunicamos y también consumimos contenidos culturales. No es solo tecnología, es la forma en que hoy nos conocemos y validamos.
Olvídate de tratar a la gente como “público” que solo sirve para llenar butacas. Eso es pensar en transacciones. El “Nuevo Renacimiento” del que habla La Inversa, a mi parecer, se trata de relaciones, de entender que ya no hay una barrera entre el artista y el fan; hoy todos somos prosumidores, todos creamos y consumimos contenidos al mismo tiempo, unos podrán tener mayor valor artístico que otros, pero entre todos damos vida a nuestra cultura. No olvidemos también que el valor del arte es subjetivo y cambiante con el tiempo.
Cuando dejas de gritarle a extraños para que te compren y empiezas a conversar con tu gente, cambias la dinámica. Ese es el verdadero motor (o flywheel, como le decimos los más mateos). Poner a las personas en el centro. Cuando haces eso, cuando respondes ese mensaje, cuando compartes tu proceso creativo sin miedo, estás creando un lazo que vale más que cualquier auspicio millonario.
No compitas, haz compitas
En La Inversa tienen razón: la naturaleza coopera. Y en nuestra industria, la supervivencia depende de la simbiosis, por eso: no compitas con tus pares, mejor hazte amigo de ellos y colaboren para construir un contexto, una escena más grande.
Mi consejo, de fan para fan, es que dejemos de mirar hacia arriba buscando a ese “padre” salvador (el sello, el Estado, la marca, el promotor). Empieza a mirar a los lados. Ahí están tus pares, tus colaboradores, los que están en la misma lucha que tú.
Un ejemplo de esto podría ser el caso de Vero Soffia con su proyecto de coro femenino, Hécate, el cual comenzó hace algunos años como un taller de coro para mujeres en Puerto Varas y Santiago, instancia que al poco andar se convirtió en uno de los proyectos fundamentales de la artista, permitiéndole expandir su portafolio profesional, crecer como artista creadora, fidelizar audiencias y subsistir económicamente. Incluso, adjudicarse un Fondo de la Música para grabar un disco con la obra completa.
El éxito de hoy no es un golpe de suerte ni un premio a la paciencia. Es la suma de una comunidad organizada que usa las herramientas digitales no para venderse, sino para encontrarse. La autogestión en la era digital no es el premio de consuelo; es la única forma real de ser dueño de tu propio mito.
Hagamos nudo inverso, como dicen ellos. Pero hagámoslo conectados.
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